Ludwig van Beethoven es sin duda uno de los compositores más importantes de la historia de la música y es innegable su legado.
Es por esto, que la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ) dedica
este par de conciertos, este jueves 19 y domingo 22 de febrero, a revisitar dos
momentos de la vida del compositor alemán.
La agrupación musical, bajo la dirección de su director
artístico José Luis Castillo preparó un concierto que seguro será memorable
para todos los asistentes.
Tuvimos la oportunidad de charlar en exclusiva con el
director de la orquesta al respecto.
“La última vez que hablamos, platicábamos de enfrentar en un
mismo programa a dos mitos, a dos compositores. Pero en la orquesta creemos que
también es importante que cada concierto se convierta en un objeto precioso, en
una experiencia de escucha única y le tocó esta vez a Beethoven”, comentó el
director.
“Creemos que enfrentar dos sinfonías correspondientes a dos
momentos importantes en la vida de Beethoven era algo que a la orquesta le
permitía indagar más en las prácticas interpretativas del clasicismo y por su
puesto al público gozar de esa maravillosa música del genio alemán en una misma
noche”, añadió.
Sobre ‘Sinfonía número 2’:
A la vez íntima y anticipatoria, como la definió el biógrafo
Maynard Solomon, la Segunda sinfonía de Ludwig van Beethoven marca el umbral
entre lo que aún pertenece a su herencia clásica y aquello que comienza a
anunciar su ruptura. Todavía cercana a su Primera sinfonía, conserva la
arquitectura y la orquestación heredadas de Haydn, como si Beethoven caminara
dentro de una tradición que conoce profundamente. Sin embargo, entre sus
páginas asoman, casi de manera involuntaria, señales del porvenir: una energía
que se emancipa, una voz que empieza a afirmarse. La sustitución del minueto
por el scherzo es, quizá, el gesto más visible de esa transformación. El resto
permanece bañado por una claridad juvenil: es una obra luminosa, serena,
vigorosa sin estridencias, como si aún confiara en la armonía del mundo.
Y, sin embargo, su origen se encuentra en la oscuridad.
Compuesta en el otoño de 1802, en el retiro de Heiligenstadt, esta sinfonía
nace en el momento más doloroso de su existencia. Es ahí donde Beethoven
enfrenta la certeza de su sordera irreversible y redacta su Testamento, ese
documento atravesado por la desesperación y la tentación del silencio
definitivo. Frente a ese abismo personal, la música no se repliega: se expande.
La serenidad de la sinfonía no niega el sufrimiento, sino que lo trasciende. En
ese contraste —entre la calma que se escucha y la tormenta que la hizo posible—
reside su misterio más profundo y la persistente fascinación que ejerce sobre
quienes la escuchan.
Sobre ‘Sinfonía número 8’:
Recibida con una tibia indiferencia por el público en su
estreno de 1814, esta sinfonía de Ludwig van Beethoven parece haber nacido bajo
el signo del equívoco. Concluida en 1812, aunque concebida desde 1809, ha
permanecido a la sombra de las obras que la rodean, como si su carácter
luminoso desconcertara a quienes esperan del compositor una gravedad más
evidente. Frente a la expansión de la Séptima o la profundidad pastoral de la
Sexta —con las que compartió el horizonte de su primera recepción en Viena—, esta
sinfonía se presenta más breve, más concentrada, más cercana a la claridad
formal del clasicismo. Es, en apariencia, un regreso. O quizá, más bien, una
pausa consciente.
Como si Beethoven eligiera contenerse, respirar antes de
pronunciar algo definitivo. No hay aquí programa ni declaración monumental,
pero sí una inteligencia lúdica: un humor que se filtra en el ritmo, contrastes
súbitos que irrumpen sin aviso, una vitalidad constante que parece rozar la
ironía. No es la voz del titán que desafía al destino, sino la del creador que
juega con su propio lenguaje, que lo domina hasta el punto de volverlo ligero.
Sin embargo, bajo esa superficie diáfana persiste la
tensión. En esos mismos años, Beethoven escribe la carta a la “amada inmortal”,
uno de los testimonios más íntimos y enigmáticos de su vida. Como en la Segunda
sinfonía, la música convive con una verdad interior compleja, atravesada por el
anhelo y la incertidumbre. Y es precisamente ahí donde esta obra revela su
profundidad: en su capacidad de transformar la contención en forma, la brevedad
en afirmación, el gesto aparentemente menor en un acto de libertad absoluta.
Tal vez no sea una retirada, sino una preparación. Como si,
en su ligereza, la música reuniera fuerzas en silencio, reservando su impulso
para la irrupción futura de una obra que no solo cerrará un ciclo, sino que
abrirá otro: el momento en que la sinfonía dejará de ser únicamente música para
convertirse en destino.
Para la charla preconcierto, este jueves en el lobby del Teatro
Degollado (18:45 horas) en esta ocasión se contará con la participación de Marcos
Rayas y Rodrigo Zaragoza.
Boletos en las taquillas del recinto o en boletomovil.com

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